La religión católica en mi infancia y adolescencia lo fue por obligación, no solo paterna sino también colegial, pues misas o rosarios eran de un obligado cumplimiento con pase de lista y castigo en caso de detectarse ausencia.
Se trata de un tema que no conviene ni tocar, pues las discusiones o conversaciones sobre el mismo acaban, sí o sí, como el «rosario de la Aurora» … salvo que todos los intervinientes cojeen de la misma pata.
La religión pertenece, debe pertenecer, a la esfera de lo privado de cada persona, de lo estrictamente privado. Es una cuestión personal a la que cada uno se adscribirá, de forma voluntaria, en función de lo que perciba como provechoso para su espíritu en la observancia de una determinada creencia. Imponer ideas por la fuerza no es de recibo en ningún estamento y mucho menos desde los poderes del Estado, que se deben a mejorar y cuidar la vida de sus CIUDADANOS en cuanto tales, para que estos, en su faceta de CREYENTES, puedan optar por la religión que deseen sin presiones ni discriminaciones de ningún tipo por ello. Tomás Moro, en una época eminentemente religiosa (siglo XVI), abogaba por una neutralidad del estado y estaba convencido de que era en interés del propio Estado el fomentar la libertad de culto.
Insistiendo, las CREENCIAS en sí mismas no producen daños a terceros, por lo que podrán ser constitutivas de pecado, pero en ningún caso de delito. El forzar las conciencias solo producirá ciudadanos fingidores que seguirán pensando para sus adentros lo que les dé la gana, aunque actúen con disimulo de cara a la galería. Recordemos aquellos judíos conversos en la Edad Media que en realidad seguían siendo fieles a su religión en su intimidad. Lo que decimos, ciudadanos hipócritas.
De cuestiones de política y de otras como la religión es mejor no hablar. Opiniones tenemos todos, pero si nos las guardamos nos evitaremos algún que otro disgusto o enfrentamiento que además quedará grabado a sangre y fuego para siempre en el ADN de los intervinientes y conducirá nuestras interacciones futuras.
El color de la piel o el lugar donde has nacido no se elige. Pero hay otras cuestiones que sí elegimos a lo largo de nuestra vida y alguna de ellas tienen mucho que ver con el título de esta entrada. A modo de ejemplo, elegimos nuestra ideología política, nuestra religión o nuestro equipo de fútbol. Son cuestiones que pueden ir evolucionando e incluso cambiando a lo largo de nuestra vida. Pero siempre deberemos tener claro, nosotros y los demás, que pertenecen a nuestra esfera de lo privado. Y con ello, ni nosotros ni nadie debe imponerlas mediante coacción o fuerza alguna.La religión es un invento humano. De hecho, se calcula que hay más de siete mil religiones en el mundo y continuamente aparecen unas y desaparecen otras. Conocemos algunas como la cristiana, judía, mahometana, budista, hindú… pero hay muchas más. En todo caso, la religión es un asunto estrictamente individual, como ser seguidor de un equipo de fútbol. Con ello, todos deberíamos tener claro que no puede imponerse, aunque a lo largo de la historia esto de la imposición de una determinada religión ha sido una constante y muchas veces con métodos violentos.
Retomando el asunto de la religión que profesa el alcalde Nueva York, no entiendo que tiene que ver su religión con el cargo político. Cometeríamos un error si supusiéramos consecuencias directas en su actuación política derivadas de la religión que profesa. Evidentemente el talante de las personas estará influido por sus creencias, pero no siempre hay una relación directa. Yo, en tiempos, tuve un jefe muy católico, mucho, que en las relaciones laborales era un perfecto cabrito.
Está siempre en estos asuntos sobrevolando el problema de la identidad de las personas, que pueden responder a varias acepciones sin tener que circunscribirse a una única. La identidad personal es el conjunto de características —varias aclaro— que definen a un individuo y le permiten reconocerse a sí mismo como un ente distinto y diferenciado de los demás. «La identidad es una construcción que se compone de valores, metas y creencias, con las que la persona establece un compromiso. Incluye la personalidad, el carácter y los rasgos personales, configurando así la “esencia” de un individuo». «La construcción de la identidad personal es un proceso complejo que comienza en la infancia del individuo y continúa a lo largo de toda su vida».
¿Se puede ser católico y comunista? ¿Y si en los próximos días el alcalde de Nueva York abjura de su religión musulmana y se hace budista o ateo?













